
Las olas del mar, el sol, el olor a sal, tu pelo ondeando al viento señalando mi dirección, condenado a ese destino y a la majestuosidad de tanta inmensidad. El agua.
Una mirada, una caricia, un beso, una sonrisa, el silencio que evoca esa sensación de bienestar y tan acogedor cuando nada lo perturba, sentado con la inaplacable idea de mantener los pies cerca. La tierra.
El deseo, a veces perturbador, otras a efectos no tanto, cuando solo queda sudor frío y pulso, cuando obró el pecado y ves las cenizas después de arder. El fuego.
La brisa, ese discurso sórdido que te castiga por no haber hecho, cuando se lleva todo menos los actos, la que borra las huellas de la arena cada día brindando la oportunidad de emprender a cada uno su propio camino. El viento